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sábado, 6 de julio de 2013

Relación Familia Escuela y Sociedad



La tarea educativa es compartida, no sólo le corresponde a la escuela y la familia, sino que debe ser asumida por la sociedad en su conjunto ¿Cómo debe funcionar el centro escolar?  ¿Qué significa “Comunidad Educativa”? ¿Cómo debe ser la vida en el? ¿Qué estrategias emplear?


La escuela necesita a la familia y ésta necesita a aquella, para poder llevar adelante las funciones y tareas que el momento presente exige. Esta implicación incluirá la corresponsabilidad en el logro de las metas educativas y la colaboración en los procesos instructivos escolares de los tres ámbitos básicos que conforman el proceso educativo: el ámbito familiar, el ámbito escolar y el ámbito social.

El ideal es que el centro escolar, en general, se convierta en una comunidad educativa (fuerte relación personal, unión de esfuerzos, compromiso ante los valores, sentido de solidaridad, prestación de apoyos, gestión conjunta,...), creando la atmósfera necesaria para que pueda darse la convivencia dentro de una democracia participativa. Hacer tanto de la escuela como del hogar espacios imprescindibles. Cada uno tiene un papel que desempeñar pero desde un horizonte común y coherente en la formación de las nuevas generaciones. La educación necesita el diálogo entre estas instituciones que deben buscar puntos de convergencia. Es preciso establecer nuevos esquemas de colaboración basados en el respeto mutuo, orientando la colaboración hacia la búsqueda conjunta de soluciones para afrontar mejor un problema compartido: adaptar la educación a las exigencias de una sociedad en la que las dos principales instituciones educativas, caracterizadas por su aislamiento, ya no están ni pueden estar aisladas. Este hecho es lo bastante importante como para dar pistas sobre las que poder elaborar “un nuevo pacto educativo”.

El objetivo de la participación de los miembros de la comunidad educativa en la vida del centro es procurar la mejora de las condiciones del centro para hacer posible el desarrollo del alumno, su aprendizaje y su preparación para el desenvolvimiento y adaptación a la vida adulta. Debería significar que todos los comprometidos en la crianza y educación de los niños y niñas reúnan sus esfuerzos en un objetivo común, respetando cada uno el espacio de los demás, sus respectivas responsabilidades y competencias técnico-profesionales. Algunas estrategias o propuesta que consideramos básicas en la mejora de este proceso son las siguientes:

— Crear un ambiente de conocimiento, aprecio y confianza mutua.
— Analizar las nuevas funciones o competencias que cada agente debe asumir, así como acuerdos y aportaciones mutuas sobre los roles a desempeñar.
— Fomentar la formación para la participación (seminarios conjuntos de familias y profesorado para los temas de participación). El aprendizaje del valor de la participación, valor fundamental en la sociedad actual, debe ser fomentado en el aula y en el centro escolar.
 — Promover mecanismos de información entre la comunidad educativa (publicación de boletines y revistas de información básica del funcionamiento del centro, murales, etc.).
— Incorporar en los Proyectos Educativos de Centro los recursos que ofrece el entorno y aprovecharlos para llevar a cabo sus objetivos educativos.
— Trabajar de manera cooperativa, deseo de trabajar juntos, así como comunicación y toma de decisiones por consenso.
— Promover la creación de escuelas de padres y madres y la participación en programas de orientación educativa para la vida familiar para dar respuesta a las necesidades de formación que sienten muchos de ellos. Es una oportunidad de acercamiento de los padres al centro, de interacción con el profesorado y, en ocasiones, el propio hijo en un marco que no es habitual. Al mismo tiempo, el profesorado, puede llegar a conocer mejor a los padres, a compartir más información y comprender con mayor alcance las diversas circunstancias familiares del alumnado.
— Fomentar la relación entre familias y educadores para compartir la responsabilidad en la educación del alumnado (tutorías, mejorara técnicas de comunicación, etc.).
— Realizar proyectos conjuntos entre los diversos sectores que conforman la comunidad educativa (asociaciones, entidades, etc.).

La intención de esta reflexión ha sido dejar manifiesto el papel imprescindible de la educación en la sociedad actual y la responsabilidad de quienes desempeñan funciones de paternidad, tutelares y docentes.


Extraído de
Familia, Escuela y Sociedad
Susana Torío López
Universidad de Oviedo

sábado, 16 de marzo de 2013

Los valores en la sociedad individualista y consumista

Los valores que una sociedad asume, en un determinado momento, se refleja tanto en la escuela como en el hogar ¿Son los que consideramos superiores? ¿Cuáles son los que consideramos más importantes? ¿Qué hacer entonces?


Vivimos en un contexto globalizado al que debemos adaptarnos para sobrevivir. La globalización supone una reestructuración vital, una exigencia de adaptación a nuevas formas de vida que pueden resultar, incluso, indeseables, inesperadas o, lo que es peor, impuestas.

El telón de fondo de esta situación es el capitalismo global o informacional, según el sociólogo Manuel Castells. Son signos que marcan la actualidad, entre otros, la generación de la riqueza, la acumulación de capital y una redistribución social injusta. Pero no podemos quedarnos sólo con la dimensión económica de la globalización.

Está también la dimensión cultural, personal y social. En definitiva, somos las personas quienes sufrimos las consecuencias de este proceso que más que homogeneizar, desiguala y selecciona, excluye y fragmenta.

Desde la dimensión personal y social, vivimos en una sociedad donde prevalece el “vivir al día” y satisfacer aquello que nos permite alcanzar la felicidad personal, concepto éste, el de felicidad, interpretado a menudo de forma física y hedonista y, en consecuencia, muchas veces consumista. De todas formas, el ideal de felicidad personal también lleva asociado otro nuevo contenido: el de conceder una importancia fundamental a la consecución de la propia realización personal. Todas las personas aspiramos a realizarnos como tales, aunque dicha “autorrealización” sea interpretada de formas diversas. En esta línea se constata un aumento de la preocupación por el cuidado del físico, el “estar en forma” y poseer un cuerpo atlético que guarde la proporción que la moda y la publicidad imponen. Precisamente esta preocupación por el físico ha minado la autoestima de muchas adolescentes y ha desatado nuevas enfermedades, cada vez con más pacientes, como la anorexia y la bulimia.

Por otra parte, se constata un mayor esfuerzo por conseguir que los entornos físicos personales –viviendas, vida cultural, lugares de ocio…expresen la propia personalidad y sean cálidos, acogedores y confortables. Con dicha finalidad, se equipan las viviendas con las últimas novedades tecnológicas que facilitan las tareas del hogar o proporcionan momentos de ocio de mayor sofisticación material. Se valora la naturaleza y se pretende la vuelta a ella, pero contando con las comodidades del progreso técnico. No se integra la naturaleza en el propio estilo de vida sino que “se consume” o “se utiliza” en función de lo que proporciona agrado o satisfacción.

Cada vez nos volvemos más individualistas, lo particular y lo personal adquiere mayor importancia que lo compartido o colectivo y, por lo tanto, disminuye la solidaridad. La desconfianza en “el otro” es otro rasgo característico que contribuye a reforzar la reclusión en lo privado, ejerciendo la capacidad de colaboración con lo propio y negándolo con lo ajeno.

Por suerte, esta tendencia coexiste con el creciente interés, compromiso e implicación de una parte de la población respecto a necesidades e ideales sociales que se pretenden solucionar y conseguir, que lleva a ofrecer a otras personas el propio tiempo de ocio y descanso con la finalidad de mejorar la vida de otras personas. El voluntariado es la una forma de asociacionismo que emerge en nuestros días con fuerza.

Por su parte, los medios de comunicación (televisión, prensa, etc.) y las tecnologías de la información y la comunicación (móvil, ordenadores, internet, etc.), propician las condiciones para que la persona se aísle del mundo que le rodea. Se están construyendo grandes brechas digitales entre los sectores de la población usuarias de esas tecnologías y las no usuarias. Como padres y madres debemos estar atentos a esta cuestión. No podemos permitir que la incomunicación entre padres e hijos se incremente, hecho que puede producirse si no nos interesamos por el “mundo virtual” de nuestros hijos.

En otro sentido, los medios de comunicación, en especial, la televisión han propiciado que la relación de la persona con su historia de vida sea una relación de consumo. No hay más que ver cuánta programación televisiva se emite donde se obliga a las personas a abrirse a las demás, a exponer su propia individualidad, donde incluso se llega a ridiculizar y atentar contra la dignidad de las personas. Nos convertimos en consumidores de la experiencia ajena. Nos dejamos seducir por este tipo de programas y nos convertimos, sin quererlo, en modelos. Debemos ser conscientes que los padres somos modelos a imitar en todos los aspectos de nuestra vida, también en la relación que establecemos con la televisión -¿qué papel juega en nuestras vidas?-.

En cuanto a la dimensión cultural, se está produciendo una tendencia hacia la homogeneización en el ámbito de los valores, por parte de la mayoría de personas. Cada vez “se comparten más cosas y las posiciones se acercan” (Andrés).

Nos percatamos de que la democratización ha llegado a todos los espacios de nuestra vida. Existe un mayor número de bienes de consumo asequibles para gran parte de la población, acompañado por un poder adquisitivo más alto y un sofisticado soporte de los medios de comunicación. Sólo hay que leer los periódicos de estos últimos días del año, donde señalan que los dos productos estrella de estas Navidades han sido las cámaras digitales y los teléfonos móviles con cámara ¿Cuántos de nosotros los hemos adquirido?

El consumo cultural también se ha incrementado. Ahora se asiste en mayor número y en más ocasiones a determinados centros y actos culturales, aunque nos siga costando incorporar la lectura como una de nuestras formas de ocio y distracción. Se ha estimulado el interés por la formación cultural. Podemos comprobarlo revisando la oferta de cursos sobre diversos temas –cocina, energía positiva, inteligencia emocional, cata de vinos, etc. que están realizando nuestros amigos y compañeros de trabajo, por ejemplo.

 Creemos importante resaltar otro elemento significativo en lo referente al consumo: se trata de la substitución de los lugares de compra tradicionales por los nuevos centros comerciales, las grandes superficies, que aglutinan tiendas diferentes y que, además, ofrecen lugares de encuentro y expansión –cines, juegos para niños, etc-. Sin duda, esto imprime un nuevo sello a las relaciones entre quien vende y quien compra. Se puede incluso llegar a prescindir de la figura del vendedor, como en el autoservicio. De este modo, en algunas familias la compra semanal o quincenal se ha convertido en un ritual festivo. La cara negativa de la cuestión es que pequeños comercios de barrio se han visto obligados a cerrar sus negocios, hecho que ha perjudicado, en parte, la vida social de los vecinos.

Además, podemos afirmar que se da una clara relación entre consumo, estilo de vida, valores e identificación cultural. La numerosísima oferta de productos, con sus connotaciones simbólicas y significantes añadidos, permiten que, con nuestra elección, expresemos nuestra forma de ser, nuestra identidad.

La expresión del propio sistema de valores determina o debe ir en consonancia con los productos por los que optamos. Nuestro estilo de vida se proyecta continuamente hacia el exterior, como por ejemplo, cómo vestimos, qué hacemos en los momentos de ocio, qué tipo de productos compramos para consumir, qué tipo de transporte utilizamos, son muestras claras.

Ante un mundo como el descrito, creemos urgente y necesaria una educación en valores que permita a la persona orientarse ante esa pluralidad, esa falta de referentes comunes, esa falta de claridad en lo que respecta a lo bueno y no tan bueno (Camps). Las personas debemos someternos a un proceso de autoconstrucción y desarrollo que nos permita orientarnos autónomamente con todas aquellas realidades, cercanas y lejanas, que platean conflictos e interrogantes tanto individuales como colectivos. Pero como no todo es igual de bueno o vale igual, la educación en valores debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan a la persona pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, comprender críticamente la realidad, así como fomentar también aquellas disposiciones que permitan hacer coherente lo que se piensa con lo que se hace, es decir, su juicio moral con su comportamiento. Pues es en el comportamiento, en la conducta, donde se manifiestan los valores.

 “La educación en valores debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan a la persona pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, comprender críticamente la realidad, así como fomentar también aquellas disposiciones que permitan hacer coherente lo que se piensa con lo que se hace”.

“Cada vez nos volvemos más individualistas, lo particular y lo personal adquiere mayor importancia que lo compartido o colectivo y, por lo tanto, disminuye la solidaridad”.

“Estamos ante el resultado de una sociedad de consumo postindustrial. No se consume algo por su función, sino, más bien, por los significantes añadidos que se le suponen, lo que viene a determinar también las relaciones sociales”.



Autora
María Rosa Buxarrais
Doctora en Pedagogía y Licenciada en Psicología
Universidad de Barcelona
En Revista Ceapa Número 76

sábado, 10 de marzo de 2012

La educación como base de un futuro mejor

El involucramiento familiar en las escuelas es imprescindible, y abarca diversos planos, uno de ellos es el relativo a la calidad educativa ¿Qué escuela necesitamos? El siguiente es un aporte, desde el punto de vista de los padres, a ese importante debate.



Hace algunos días tenía una interesante tertulia con algunos amigos y algunas amigas. Se trataba de una de estas tertulias de sobremesa en las que se habla de muchas cosas. Pero este día tuvo algo diferente. Hablamos, entre otras cosas, del mundo que le vamos a dejar a nuestros hijos e hijas, del grado de responsabilidad que tenemos y sobre todo de qué cosas podemos hacer para que el futuro no parezca tan desolador.

Casi todos y todas nos plateamos la necesidad de cambiar nuestros hábitos de vida, para entre otras cosas no dañar nuestros ecosistemas, y en definitiva no terminar prematuramente con nuestro planeta. Siempre sale a relucir la pregunta: “¿Qué mundo dejamos a nuestros hijos?”; y aunque se ha convertido en un tópico, es algo en lo que no dejamos de pensar. La conversación fue muy larga y todos aportaban geniales ideas, pero casi imposibles de aplicar; al final nos fuimos a casa con la sensación de haber pasado un rato entre amigos y amigas hablando de nuestras cosas.

De camino a casa, no podía dejar de pensar en qué podíamos hacer para que el futuro de nuestros hijos fuera mejor. Después de toda la tarde de tertulia, llegué a la conclusión de que lo mejor que podemos hacer por el futuro de nuestros hijos es ocuparnos de que reciban una buena educación, una buena formación y en definitiva inculcarles valores humanos que les hagan ser ciudadanos que propicien el cambio que este mundo necesita. Son valores como la tolerancia, la solidaridad y el amor por ellos mismos, entre otros tantos.

Está claro que nosotros podemos hacer muchas cosas, pequeños detalles, pero si no nos ocupamos de lo más importante, su educación, haciéndoles personas capaces de cambiar a mejor la sociedad en la que vivimos, de poco valdrán las cosas que hagamos ahora.

Y entonces saltan las preguntas, ¿estamos haciendo lo correcto?, ¿están las Administraciones Públicas facilitando que nuestros hijos e hijas se preparen de verdad y reciban una educación adecuada?... A la vista está que no hacen más que engañarnos.

En general, hablan de mejoras del sistema educativo, para que nuestros hijos estén más preparados, pues de su formación depende el futuro de nuestro país. Claro, en términos económicos, no nos olvidemos nunca de esa premisa de nuestros gobernantes. Las propuestas son muchas, se habla mucho de mejorar en áreas como las lenguas extranjeras, y por supuesto mejorar la comprensión lectora, la escritura y la expresión oral de nuestro propio idioma, y así podríamos hacer un listado casi interminable de las cuestiones que se proponen mejorar, sobre todo cuando estamos en épocas electorales. Si analizamos un poco las propuestas, de unos y otros, podemos estar de acuerdo o no con ellas, pero en lo que sí vamos a coincidir es en que lo que necesitamos es que nuestros hijos tengan a su alcance, y en las mejores condiciones de acceso, la posibilidad de formarse para ser mejores ciudadanos, y que no se sientan apartados ni incapaces de aportar su granito de arena a la sociedad en la que van a vivir. Uno de los grandes problemas de nuestro sistema educativo es la falta de unidad y de criterio global. En este país cada uno quiere ir por su lado, y esto viene propiciado por la falta de acuerdos entre los partidos políticos que cubren nuestro arco parlamentario. No se puede llegar a tener un sistema educativo sólido, con objetivos claros, si cada cuatro años y dependiendo del partido político que gobierne se cambian las leyes y normas que regulan nuestra educación. España debe ser uno de los países más complejos en cuanto a leyes, decretos, normativas, etc. que regulan el sistema educativo. Tenemos leyes y normas estatales y por supuesto las autonómicas, que al ser propias de cada zona hacen aún más complejo el desarrollo del sistema.

Los principales sufridores de esto son los miembros de la comunidad educativa; profesorado, alumnado, padres y madres tenemos que adaptarnos a los cambios y antes de asumirlos o incluso de aplicarlos ya son derogados por otra norma. Esto es inadmisible, necesitamos urgentemente un Pacto Social por la Educación Pública, donde se marque las directrices y objetivos, y sobre todo, donde se recoja el compromiso de todos, partidos políticos, sindicatos, educadores, padres y madres, de defender una Educación Pública para todos y todas con calidad y capaz de formar ciudadanos dignos, críticos, luchadores y con disposición de mejorar lo que no hemos sido capaces de hacer hasta ahora.

En estos momentos de crisis, los gobiernos están recortando, palabra muy de moda, de casi todas las áreas, y digo casi todas porque aquellas con las que puedan conseguir control político de la sociedad se recortan en menor medida; por ejemplo me refiero a los medios de comunicación autonómicos, que se han convertido en agujeros negros de los presupuestos, pero estos entes parece que conviene mantenerlos. Por el contrario, castigan a la educación pública, dejando de invertir, y digo invertir porque de ello depende el futuro de nuestros hijos y nuestras hijas.

Estaremos de acuerdo en que la situación es difícil, pero se trata de gestionar mejor el poco dinero que haya. No se trata de retirar inversión para que el número del presupuesto cuadre y que el déficit, esa palabra a la que ya le tenemos hasta miedo, sea el exigido por la Unión Europea.

No podemos resignarnos a que se siga desinvirtiendo en el Sistema Educativo Público. Es muy probable que con el mismo dinero se puedan conseguir mejores resultados, priorizando unas necesidades como la educación. Como padres no queremos sólo que nuestros hijos estén cuidados y atendidos, demandamos y exigimos que reciban una educación mejor.

Por todo ello, el Pacto Social por la Educación Pública de calidad es una necesidad para garantizar mejores resultados y un futuro provechoso para nuestros hijos y nuestras hijas.



Autor
Manuel Rodríguez
Presidente de FIMAPA
Extraído de
Padres y Madres de Alumnos y Alumnas
Revista de la
Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA)

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